100Días

Tailandia es un país budista y los templos tienen un papel muy importante en la vida cotidiana. De modo que es costumbre de los religiosos acoger al caminante, al que en ocasiones incluso agasajan con comida. Pero Mario y Hugo querían seguir explorando, así que después de una semana de templo en templo iniciaron el camino hacia parques naturales, de bomberos y hasta casas particulares, todos ellas construidas en alto para hacer frente a la lluvia y los insectos. Casas humildes, con camas de bambú y cocina en el exterior. Como ducha, un barreño grande y un pequeño cuenco que ante la adversidad siempre sabía a gloria. El primer parque natural al que llegaron fue el de Mae Wong, un área protegida del norte de Tailandia. Sus bosques alimentan a los principales a uentes del río Mae Wong. Cascadas y acantilados hacen de éste un lugar único. Mereció la pena el sufrimiento de las interminables subidas, el calor, y aquella noche que pasaron a 1.964 metros de altitud. Al día siguiente, tocaba la bajada. Y de allí a un templo escondido entre montañas. El monje les preparó un picnic y les dio paso a la cueva donde rezaba. Era la primera vez que unos turistas pisaban su territorio. En la cueva, rodeada de estatutas, aprendieron a meditar con los pies cruzados. Con la noche llegó un diluvio que inundó la tienda, pero poco importaba ante tanta paz interior, ante aquel monje que los bautizó, a Hugo como Son Maya y a Mario como Son Juan. De ahí, al parque de Mae Ping, a Doi Inthanon, que es la montaña más alta del país: dos días enteros de subida en bicicleta y una temperatura de 17 grados que obligaba al uso de bufandas y gorros. El viaje transcurría entre cientos de anécdotas: los mosquitos, el whisky de arroz en un parque de bomberos, la visita a Decathlon en Chian Mai para comprar otra tienda de campaña... Cruzar la frontera con Laos era el próximo objetivo
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